Durante gran parte del siglo pasado, la gran transformación de las carreteras españolas tuvo lugar de una forma material y muy visible : construir y expandir. Levantar una red capaz de acercar territorios y reducir distancias, de la mano de la modernización económica y social (véase el boom de las vacaciones en la playa y las segundas residencias) de un país que cambiaba a gran velocidad. La autopista era entonces símbolo de progreso y promesa de conexión. Lograron algo que hoy damos por hecho: que las personas y las mercancías llegaran a destino en tiempo y forma. Y siempre un poquito más, más lejos. Seguir leyendo